Hace ahora pocos meses tuve la suerte de encontrar a una hermosa vela que por azar o por destino se cruzó en mi camino.

Su débil llama de entonces no fué impedimento para que me iluminara por completo, y es que mi cuerpo parecía resguardarla de los vientos amenzadores que golpeaban su fulgor.

De su tronco de cera despuntaba una segunda llama que aunque indefensa,
era muchas veces su punto de apoyo para volver a alzar su fuego.

La llevé conmigo, parecía la mejor opción, aunque mi morada estuviera lejos de la suya.

La mejoría en su intensidad, aunque intermitente, era la prueba a la que nos aferrábamos para superar los obstáculos que nos llegaban en nuestro viaje común.

Ya compartiendo techo, su luz se mostraba inconstante, a veces mucha y otras veces nada.

Con el paso del tiempo su debilidad se hizo más patente, cada vez costaba más que recuperara fuerza y en muchas ocasiones temí porque fuera irremediable el triste desenlace.

Su lucha interior, junto a la mía por ayudarla, fueron el impulso que mantuvieron esa llama brillante incluso en los días más grises.

Pero un cúmulo de despropósitos no deseados la apagaron, dejándome agotado y sin recursos para intentar de nuevo encenderla, era la enésima vez que sucedía, la enésima en que dejaba la luz por la oscuridad.

Lo intenté, hablé con ella, pero no me entendió.
Quizás los restos de cera que tanto ansiaban protegerla, tenían un efecto contrario al deseado, pues no le dejaban oir, no le dejaban comprender.

Nunca pareció darse cuenta de hasta cuanto había luchado porque no se desvaneciera su resplandor, por avivar su llama, por tenerla iluminándome cada noche.

No fué fácil tomar la decisión porque significaba perderla, pero no quedaban otras alternativas, debía de regresar a su habitat natural si quería recuperarse, el lugar donde las velas que la vieron crecer puedan hablarle el mismo idioma y así pueda renacer con fuerza, con la perspectiva de la distancia, con la visión que sólo la lejanía ofrece.

No espero que algún día sepa entender que sólo pensé en su recuperación, aunque lo desearía, sólo espero que su llama no se apague nunca más, nunca.

A veces un paso atrás es necesario para coger impulso, a veces quien más te quiere más te puede dañar.

No quiere más quien esconde la cabeza ante los errores de los seres queridos, sinó quien trata de ayudar planteando el problema y buscando soluciones, incluso cuando eso signifique un punto y aparte o un punto final.