Un dolor agudo y creciente se posó en mi.

Los minutos pasaron entre quejidos mientras me preguntaba si había alguna forma humana de parar ese malestar.

Y así en un momento en el que mi atacante flojeó, tomé la iniciativa y me dirijí raudo a auxiliarme por manos expertas.

Pero este enemigo no sabe de pausas humanitarias y me dió señales de que si seguía por ese camino pronto iba a ver la luz al final del tunel.

Yo por si acaso mantenía los ojos cerrados, con eso evitaba visiones desafortunadas y mantenía mis lágrimas en la recamara.

Apunto de caer derrotado, mis gritos de lamento alertaron a mis aliados.

Dra. : "Pero que te pasa hombre"

L: "No tengo ni idea, pero opéreme, ampúteme o haga lo que quiera para parar este dolor"

Y se puso en faena, un golpe en la espalda, dos, tres....... y el centro del mal sin localizar.

L: "Es que ahora mismo un pellizco a mala leche me sabe a gloria"

Tan cierto lo que le dije como que nunca deseé tanto que me pusieran dos pinchazos............. y lo hizo, porque tras un breve análisis de la situación ( nótese que lo del análisis tiene doble aplicación ) supo como actuar.

Luego una media hora de paulatina mejora, el color de vuelta a mis mejillas, la puerta con la puñetera luz ya muy lejanas y una lista de medicamentos en mis manos.

Dicen que lo que tuve es el dolor más parecido a un parto que puede tener un hombre, pues ya he cumplido, tuve mi bebé y ya no deseo más.