Un día se le apagó la luz, alguien decidió que no volvería a ver amanecer.

Los colores empezaron a ser recuerdos, cada vez más lejanos, de una vida distinta.

Las palabras eran su sustento, las fotografías que almacenadas en su mente le permitían dejar la oscuridad de sus ojos.

Sus manos se convirtieron en un pincel que dibujaba rostros nuevos. Las sonrisas ajenas, aparecían formadas entre sus dedos tan nítidas como siempre.

Tuvo que aprender a caminar de nuevo, a comer de nuevo, a disfrutar de la vida de nuevo.

No perdió nunca la sonrisa porque decía que los hombres que no sonríen, no son felices y el quería ser feliz pese a su apagón.

Cada mañana se acercaba al espejo y se miraba, no había reflejo de su imagen pero el podía distinguir si hacía mala cara.

Bromeaba diciendo que el no sería capaz de mirar a nadie tan feo.

Y era presumido, cuidaba su aspecto incluso más que antes de que sus ojos se quedaran sin energía.
Tenía una frase para justificar sus cuidados :
" Ya que el mundo me mirará, porque sabe que no le veo, dejemos que el mundo vea a una persona agradablemente vestida, cuidada y feliz"

Y lo fué.

Hasta que alguien decidió que conducir rápido es guai. Que mola ser un hijo de puta chulo. Que los semáforos son una molestia las noches sin tráfico.

Aquel día nos dejó llorando a todos y las lágrimas de nuestros corazones no dejarán de manar nunca por todo lo que nos enseñó.

Se puede ser ciego sin tener ceguera, se puede ser feliz sin tener visión.